jueves, 18 de noviembre de 2010

Departamento

Por tercera vez en la semana me quedé dormido, no puedo entender como configurar el despertador de mi celular, enojado, posiblemente debido a que mi jefe me estuvo presionando con el tema de mis llegadas tarde toda la semana, revoleé mi celular contra la pared. Antes de arrepentirme, entré en la cocina, abrí la heladera y busqué manteca para hacer tostadas, no había, nunca había. Fastidiado cerré de un portazo la heladera lo que ocasionó que la última botella de leche se rompiera, esparciendo su contenido en el resto de los alimentos. Lancé un insulto lo suficientemente alto como para que lo escuchara todo el edificio. De inmediato, se escucharon unos golpes del departamento de abajo en son de queja, una vieja solitaria que parecía estar pendiente las veinticuatro horas del día en el ruido que hacía, y en quejarse con esa escoba de mierda. Le devolví el gesto dando fuertes pisadas, ella contestó, pero no entré en su juego, ya llegaba tarde y todavía tenía que encontrar mis llaves y mi maletín. No hubo caso, no encontraba las llaves, se las pedía al portero, el maletín lo encontré al lado de la puerta, siempre lo dejaba ahí. Abrí la puerta, siempre se trababa, dí un tirón fuerte y la puerta se abrió y chocó contra mi rodilla, otro insulto, otro golpe de la vieja de abajo. Salí rengueando lo más rápido que pude, esperé el ascensor que no llegaba, decidí bajar por las escaleras. En el momento en que pisé el tercer escalón escuché el ruido del ascensor que llegó. Me apuré en subir de nuevo, las puertas se cerraban, metí el pie, segundos antes de que se cerraran aplastando mi pie recordé lo viejo que era el ascensor. Logré sacar el pie y con el otro que no estaba inutilizado le di una patada a las puertas de metal. Último insulto de la mañana, pero no hubo golpe, o no lo escuché. No podía bajar por las escaleras con el pie lastimado de modo que tuve que esperar el ascensor nuevamente. Cinco minutos después estaba en la planta baja, con una ligera molestia en la cabeza, caminando hacia la puerta. Era un día nublado de invierno y los subtes no funcionaban, el colectivo iba a estar hasta las pelotas. El portero estaba baldeando la vereda, al verme y reconocerme me dijo amigablemente: 
- Que tenga un buen día 
- Callate pelotudo- y seguí hasta la parada 

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